A mi
madre, porque ella y yo fuimos iguales
"La vida no es la que uno
vivió, sino la que uno recuerda
y cómo la recuerda para
contarla”
Gabriel
García Márquez en su autobiografía
Vivir para contarla
Esta serie de
ciento nueve pinturas sobre madera está estrechamente
relacionada con otra —aún en proceso— titulada Entre el
olvido y la memoria. Es un grupo de pequeños polípticos
de cuatro partes cada uno, realizados a manera de apunte o
cuaderno de ensayo. El resultado es un conjunto de piezas
espontáneas, agrupadas en forma de rompecabezas y que
pretenden conservar la emoción original de un hallazgo
creativo, así como practicar las virtudes de la sencillez;
esto, por puro instinto simplificador, por simple afán
práctico. Toda la colección cabe en una pequeña maleta y
está inspirada en anécdotas y memorias de mi niñez y
adolescencia; mitos y recuerdos idealizados que hoy sólo son
simples estados de ánimo, añoranza pura.
Pasé mi
infancia a saltos entre México y Guatemala. A ratos, criado
en libertad casi salvaje por mi madre, mujer romántica y
aventurera, y, a ratos, educado y sobreprotegido por unos
abuelos responsables y cariñosos, pero aburridos y
convencionales. Fui un niño introvertido, un poco tristón y
solitario, aunque nunca llegué a sentir —claro está— como
mis mayores, la ansiedad del destierro. Sin embargo, mi
niñez estuvo marcada por los prolongados alejamientos de mi
madre y mi hermano, la proximidad mimosa y condescendiente
de mi tío, los aspavientos dramáticos de mi abuela y —ahora
me doy cuenta— la profunda melancolía de mi abuelo por su
vida en Barcelona. Crecí con ellos, y con mis maestros de
escuela, la mayoría, tristes exiliados de la guerra civil
española.
Nostalgia,
sin duda, hay en estas Pequeñas memorias , cuyo
trasfondo se remonta a mis primeras experiencias y visiones,
generalmente ligadas a la familia, el juego, el colegio y la
Naturaleza. Recuerdo el paisaje de Livingston, pueblo de
pescadores mestizos, africanos y americanos, en el mar de
las Antillas. De ahí, seguramente, son mis primeros
descubrimientos como pintor —debería yo tener unos cuatro
años. Las imágenes de ese lugar caribeño aparecen
repetidamente en mis sueños y en mi pintura. Vivíamos en una
rústica casa de madera y techo de lámina, sostenida por
cuatro pilotes sobre el mar. Desde una de sus ventanas, se
veía, según la marea, un piso de agua, o uno de tierra, así
como una extraordinaria variedad de bichos: cangrejos,
peces, sapos, víboras, insectos y ratones. Frente a la
entrada, se extendía un resbaladizo muelle de tablones con
una caseta en la punta, dentro de la cual, como columpio,
colgaba una gastada letrina. Ahí sentado, observaba como los
peces devoraban mis despojos que caían directamente al mar.
Al lado de la casa, jugaba a esconderme y a escalar por la
estructura de un laberíntico buque camaronero en
construcción que parecía un esqueleto oxidado de dinosaurio.
De Puerto
Barrios, recuerdo las enormes pencas de banano que recogía
con mi amigo Chang. La fruta, aún verde, era demasiado
madura para ser transportada en barco y la compañía bananera
no tenía más remedio que tirarla. Chang era un chinito que
trabajaba en la panadería de su padre haciendo unos
exquisitos pasteles de plátano, pero nunca me dejó verle
cocinar porque decía que yo tenía una mirada tan fuerte que
cortaba la masa. En ese tiempo, vivíamos en unas barracas
junto a la torre de control de un destartalado aeropuerto.
En su pista, donde nunca vi aterrizar un solo avión, andaba
en bicicleta y perseguía lagartijas y culebras para
reventarlas a pedradas.
Recuerdo otras
historias ligadas a la violencia política latinoamericana,
como la del ataque a un cuartel de policía ( ahora sé que
fue durante el golpe de estado a Jacobo Arbenz). Atónito,
presenciaba el operativo desde el patio de mi casa, cuando,
como exhalación, salió mi madre del baño, desnuda y
envolviéndose en una toalla blanca. La recuerdo —como si
fuera ahora mismo— convertida en una aparición salvadora y
angelical que nos protegió a mi hermano y a mi. Los tres,
abrazados, permanecimos varias horas debajo de una cama.
También guardo en la memoria un Viernes de Dolores en que,
después de una manifestación estudiantil, tuve que
refugiarme en mi escuela. Aquel día, quedé atrapado en medio
de una nube de gas lacrimógeno y vi arder mi banca escolar
sobre una barricada; era un pupitre que destacaba por su
color y gran tamaño —pero eso es otra historia. Tras un
atentado guerrillero a una refinería, fui testigo de la
espectacular explosión de un depósito de gasolina que me
hizo correr despavorido bajo una enorme bola de fuego. Por
fortuna, se desvaneció en el aire antes de caerme encima.
De
adolescente, vagué incansable por casi todos los barrios de
la ciudad de Guatemala, recorrí sus barrancos y sus
suburbios llenos de basura, zopilotes y pobreza. Subí al
Volcán de Agua, donde un fantasma se me apareció de
madrugada, al Volcán de Fuego, que hizo erupción cuando lo
descendía, y al Pacaya, en cuya cima me golpeó una lluvia
horizontal de piedra pómez. De ese tiempo, recuerdo
especialmente, la tarde en que escuché con sobresalto unos
golpes en la puerta. Era mi abuelo, que días antes presentí
llegar, venía a convencer a mi madre de que me dejara volver
a México. Aquella noche dormí con él en una fría pensión y
fue la última vez que le vi, moriría del corazón un año
después. Por esos años, pasé una prolongada, pero divertida
convalecencia de la hepatitis. Fueron días de lectura y de
aprender a jugar ajedrez. Vivíamos en el Chalet Suizo, donde
un lorito cantaba de corrido la primera estrofa del himno
nacional guatemalteco.
Conocí el
manicomio de "La Castañeda", en Mixcoác —no sé porque los
maestros del Colegio Madrid nos llevaban a ese horrible
lugar— y visité el asilo de ancianos del Sanatorio Español,
donde vivió sus últimos días mi bisabuela, una viejita
enferma y lunática que sólo vi una vez, pero que nunca he
olvidado.
Estas
Pequeñas memorias me ayudaron a recobrar,
inesperadamente, muchos pasajes entrañables que casi
olvidaba, pues hasta hace muy poco, jamás me detenía a
pensar, ni en mis sueños, ni en mi pasado. Y no porque
careciera de ellos, sino porque vivía con demasiada prisa,
corriendo sin razón hacia el futuro. Esto, supongo, por una
desbordada energía heredada de mi madre. Afortunadamente,
gracias a un esforzado ejercicio de la memoria y al trabajo
en mis dos últimas series, pude reconstruir, de alguna
manera, el desvanecido camino de regreso a mi pasado, aunque
siempre he sabido que, en realidad, es un espacio y un
tiempo finalmente irrecuperables. Además, esta vez entendí
—y no es menos importante—, el valor de hacer las cosas poco
a poco, pacientemente.
Si bien no
comparto la idea de la responsabilidad del pintor por
explicar todo lo que hace (bastante tiene con tratar de
pintar bien), si creo ser quien mejor conoce mi trabajo, y
por eso asumo la tarea de comentarlo. Mis textos son, más
que nada, para mí mismo, aunque me gusta compartirlos y
discutirlos para ver las cosas con más claridad. Pienso que
con juicios rotundos y unilaterales no se llega a nada y
trato de acercarme a la realidad sin imponer mis ideas, sino
dialogando con ella. En esta época tan adocenada y
polarizada, lo que me parece correcto, es, por una parte,
tratar de profundizar en uno mismo, y, por otra, destacar
los matices, más que ahondar en dogmas y fundamentalismos.
Hoy que la pintura se ve como pasado, tradición, y no como
promesa, vivo más atento que nunca a las alternativas que
genera mi propio proceso y me vuelvo cada vez más
impermeable e indiferente a lo novedoso.
Si bien la
pintura me ha dado un lugar en el mundo, quizá algo confuso
e inestable —ni más ni menos como el que me daría cualquier
otra pasión—, siempre procuro equilibrar mi relación con
ella, separando las cosas que me interesan de las que
desprecio en el arte. Para mi, la pintura es una manera de
vivir, un trabajo que me ocupa totalmente y me sirve de
estructura mental; es expresión de libertad y forma de
conocimiento, pero, sobre todo, es una alternativa ética. Y
esto no es cuestión de conceptos o justificaciones (para ser
un artista conceptual se necesita una capacidad reflexiva de
la que carezco). Sinceramente, creo que lo que más cuenta en
el arte es todo lo que pasa en el espacio mismo de trabajo.
El taller es el lugar donde mejor se puede entender la
experiencia creativa, y, es precisamente el proceso,
la parte que más me importa, más que la idea o el
resultado.
Veo el
"progreso" de mi propia pintura en espiral, con temas que se
repiten, que reaparecen, pero en contextos diferentes. Como
método, sigo reflexionando sobre lo hecho y tratando de
depurar mi lenguaje. En los últimos años he venido
construyendo en mi pintura espacios habitables, amplios,
limpios y luminosos, que son en donde mejor me siento.
Quizá, por esta razón, el uso intensivo del blanco adquiere
un papel preponderante en mi obra reciente. El blanco es un
color ambiguo, pues es color, y a la vez, ausencia de color.
En mi caso, y particularmente en estas dos últimas series,
es sólo ausencia, nostalgia y sosiego.
(J. B.)
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